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Igualdad de género

Brecha salarial: la mitad de las mexicanas nunca alcanzará la independencia económica

Las mexicanas ganan 19.9% menos que los hombres. La mitad nunca alcanzará la independencia económica plena en su vida activa. La brecha es estructural y se cruza con la violencia.

Por Guadalupe García
Brecha salarial: la mitad de las mexicanas nunca alcanzará la independencia económica

Brecha salarial: la mitad de las mexicanas nunca alcanzará la independencia económica

Publicado el 21 de abril de 2025 · Categoría: Igualdad de género

Al segundo trimestre de 2025, una mujer en México percibe 19.9% menos que un hombre por el mismo trabajo. La cifra, fría como toda estadística, esconde realidades concretas: cinco mil cincuenta pesos mensuales para ella, seis mil trescientos cinco para él, en promedio. Si esa mujer combina, además, trabajo remunerado con quehaceres domésticos —que es el caso de la inmensa mayoría—, la brecha salarial se ensancha al 22.2%. Y si miramos toda la economía del cuidado y los trabajos no pagos, las cifras se vuelven indignantes: las mujeres dedican en promedio 42.8 horas semanales a labores no remuneradas, mientras los hombres apenas 16.9 horas. El valor económico de ese trabajo invisible equivale a 22.8% del PIB mexicano.

La conclusión que organizaciones como CIEP, IMCO, OXFAM e infinidad de instituciones internacionales alcanzan, año tras año, es simple y dolorosa: en las condiciones actuales, la mitad de las mexicanas que hoy trabajan nunca alcanzará la independencia económica plena durante su vida activa. La pirámide salarial, los esquemas de pensión, los contratos por horas, la segregación ocupacional, las interrupciones laborales por maternidad y cuidado, todo conspira para que el ingreso femenino sea, estructuralmente, menor.

El doble jornada que ya no es jornada doble: es jornada infinita

La brecha salarial no es un problema que se entienda sin hablar de cuidados. Las mujeres mexicanas asumen el grueso del trabajo doméstico —limpiar, cocinar, cuidar hijos, cuidar adultos mayores, cuidar enfermos, gestionar la salud emocional de la familia— sin remuneración alguna. Ese trabajo, que sostiene literalmente la economía formal (porque sin él los hombres asalariados no podrían ir a trabajar), no se reconoce, no se contabiliza, no se paga.

Cuando una mujer "decide" reducir su jornada laboral para cuidar, no está tomando una decisión libre: está respondiendo a una estructura social que asume que ella, y no su pareja masculina, es la responsable. Cuando "interrumpe" su carrera por maternidad, está perdiendo años de cotización a pensión, años de ascenso laboral, años de incremento salarial. Cuando regresa al mercado, lo hace en una posición desfavorable que arrastrará el resto de su vida.

La consecuencia económica es devastadora. Una mujer mexicana que tiene dos hijos puede llegar a ganar hasta un 30% menos durante su vida laboral total que un hombre con la misma escolaridad y trayectoria, según estimaciones de IMCO. En la edad de pensión, ese diferencial se traduce en pensiones más bajas, en mayor dependencia del esposo o de los hijos, en mayor riesgo de pobreza en la vejez.

El Sistema Nacional de Cuidados: la deuda pendiente

La solución estructural a la brecha de cuidados es un Sistema Nacional de Cuidados con financiamiento público, infraestructura concreta (estancias infantiles, centros de día para personas mayores, servicios de cuidado a personas con discapacidad) y corresponsabilidad estatal. Argentina lo intentó antes del giro de Milei. Uruguay lo construyó parcialmente. Costa Rica lo está consolidando. México lo tiene en discurso desde hace años, sin aterrizaje real.

La Secretaría de las Mujeres, en su mandato de enero de 2025, anunció el Sistema Nacional de Cuidados como una de sus cinco líneas prioritarias. La pregunta crítica, una vez más, es presupuesto. El paquete económico federal 2025 etiquetó montos para programas sociales orientados a mujeres (Mujeres con Bienestar, Pensión para Madres Trabajadoras), pero la creación de infraestructura física de cuidados —estancias, centros de día— sigue siendo modesta. Y la corresponsabilidad con estados y municipios, todavía más débil.

El factor estructural: segregación ocupacional

Otra dimensión de la brecha es la segregación ocupacional. Las mexicanas se concentran en sectores con remuneraciones más bajas: educación básica, salud (especialmente enfermería), comercio al menudeo, servicios domésticos, atención al cliente. Los hombres dominan los sectores mejor pagados: ingeniería, finanzas, dirección empresarial, tecnología, sector energético.

Esa segregación no es producto de "elecciones libres" —como la cultura del mérito quisiera presentar—, sino de filtros sostenidos: estereotipos en orientación vocacional desde la primaria, falta de modelos femeninos visibles en STEM, sesgos en procesos de contratación, hostigamiento sexual en ambientes mayoritariamente masculinos que expulsa a quienes intentan entrar, redes informales (los famosos "old boys clubs") que reservan las oportunidades de ascenso para varones.

Lo que sí se puede medir y exigir

La buena noticia es que la brecha salarial es uno de los pocos temas con métricas claras y auditables. Lo que se puede exigir, este año, a empresas y al sector público, sin ambigüedad:

Una. Reportes anuales públicos de brecha salarial por nivel jerárquico. Las empresas reguladas por la CNBV y las grandes corporaciones del IPC ya tienen obligaciones parciales; hay que exigir el cumplimiento total.

Dos. Auditorías de remuneración para identificar discriminación pura (mismo puesto, distinto pago).

Tres. Políticas activas de promoción interna que aseguren paridad en candidaturas a posiciones senior.

Cuatro. Licencias parentales paritarias y obligatorias para hombres, no transferibles. Mientras la licencia de paternidad sea de cinco días y la maternidad de tres meses, el mercado seguirá penalizando a quien procree.

Cinco. Inversión pública sostenida en cuidados. Estancias infantiles. Centros de día. Servicios para adultos mayores con costo accesible o gratuito.

El cierre

La independencia económica no es un capricho ni un lujo. Es una de las condiciones materiales que hacen posible salir de relaciones violentas, exigir condiciones laborales dignas, decidir sobre el propio cuerpo, criar hijos sin dependencia. La brecha salarial es, en ese sentido, uno de los pilares estructurales de la violencia de género: cuando ella depende económicamente, cuando él controla los recursos, las posibilidades de denunciar, salir, reorganizar la vida, se reducen drásticamente.

Por eso este texto no es sobre economía únicamente. Es sobre cómo la economía sostiene la violencia. Y sobre cómo desmantelar la brecha es, también, una manera de prevenir feminicidios futuros.


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Fuentes:

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