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Movimientos feministas

A 10 años del primer Ni Una Menos: testimonio de una sobreviviente

A diez años del primer Ni Una Menos, una sobreviviente comparte su testimonio. Las sobrevivientes son las grandes ausentes de la conversación pública.

Por Guadalupe García
A 10 años del primer Ni Una Menos: testimonio de una sobreviviente

A 10 años del primer Ni Una Menos: testimonio de una sobreviviente

Publicado el 2 de junio de 2025 · Categoría: Movimientos feministas

Mañana se cumplen exactamente diez años desde que el grito de Ni Una Menos llenó por primera vez Plaza Congreso en Buenos Aires. Para muchas, ese 3 de junio de 2015 marca un parteaguas: el día en que el feminicidio dejó de ser un asunto privado y se convirtió en problema público. Diez años después, en este texto preferimos no hacer balance institucional —ya lo hicimos en marzo, cuando publicamos el análisis sobre las conquistas y los retrocesos en América Latina—. Esta vez queremos dar la palabra a alguien que no aparece habitualmente en los reportajes pero que sostiene, en cuerpo propio, la urgencia del movimiento: una sobreviviente.

Ana —usaremos solo su primer nombre por su seguridad— accedió a esta entrevista con tres condiciones: anonimizar lugar, fechas exactas y referencias que pudieran identificar al agresor. El testimonio que publicamos a continuación está editado por extensión y claridad, pero respeta sus palabras. Lo compartimos porque a diez años del primer Ni Una Menos, las sobrevivientes siguen siendo las grandes ausentes de la conversación pública.

El testimonio

"Cuando empezó la violencia yo tenía 22 años y él 28. Era mi novio, después mi pareja. Vivíamos en una ciudad mediana del centro del país. Yo estudiaba la maestría. Él trabajaba en una empresa familiar. Lo que la gente no entiende, y por eso me cuesta hablarlo aún hoy, es que la violencia no empieza con golpes. Empieza con cosas que parecen pequeñas: un comentario sobre cómo me visto, un reclamo porque sonreí demasiado a alguien, un seguimiento a mi celular, un enojo cuando me veía con amigas. Tomó dos años antes de que me golpeara por primera vez. Y para entonces ya estaba aislada. Mi familia era lejana. Mis amigas se habían cansado de que yo cancelara planes."

"El primer Ni Una Menos pasó cuando yo aún estaba con él. Recuerdo haber visto las imágenes de Argentina en la televisión y haber pensado: 'eso no me pasa a mí'. La negación es uno de los mecanismos más comunes que tenemos las que vivimos violencia. Hasta que ya no se puede negar."

"Lo que me sacó no fue una marcha, no fue una ley. Fue una compañera de la maestría. Una mujer que un día me dijo: 'lo que estás viviendo no es normal, y no es tu culpa, y aquí está el número de un colectivo que te puede ayudar'. Le pasé semanas evitándola, después llamé. El colectivo —no quiero decir cuál, son muchas como ellas— me ayudó con un albergue temporal, con asesoría legal, con denuncia. Y me ayudó, sobre todo, a entender que lo que vivía tenía nombre y no era una falla mía."

"El proceso legal fue largo, doloroso, frustrante. Pasé por ministerios públicos donde me preguntaban cómo iba vestida la noche del último incidente. Pasé por un perito que me dijo que mi denuncia era 'exagerada'. Pasé por mi propio abogado que en algún momento me sugirió desistir 'porque no íbamos a ganar'. No desistí. Y al final, después de tres años, mi agresor recibió una sentencia. No fue la sentencia que yo hubiera querido —fue menor, con beneficios penitenciarios—, pero fue una sentencia."

"Hoy tengo 32 años. Trabajo en lo que estudié. Estoy en una relación nueva, con alguien que respeta lo que viví y lo que sigo trabajando en terapia. No pasa una semana sin que tenga algún flashback, sin que algún ruido fuerte me despierte de noche, sin que reciba un mensaje de una amiga preguntando si estoy bien. Sobrevivir tiene precio. Y no es solo el precio del miedo durante la violencia: es el precio sostenido del trauma, del cuerpo que aprende a sospechar de todo, de las relaciones que cuesta volver a tejer."

"Cuando me preguntan qué le diría a otra mujer que está viviendo violencia, lo que respondo es: no estás sola. Hay redes. Hay mujeres que han pasado por algo parecido y están del otro lado. Y aunque parezca imposible salir, sí se puede. No es lineal, no es rápido, no es libre de costos. Pero se puede. Y lo que está del otro lado es una vida que vale la pena."

Por qué este testimonio importa

El testimonio de Ana no es excepcional. Es típico. Lo que ella narra —el ciclo de violencia que comienza con control psicológico antes de los golpes, el aislamiento como estrategia del agresor, la dificultad de las víctimas para nombrar lo que viven, el rol de las redes de apoyo en la salida, el proceso legal frustrante, el costo sostenido del trauma— se repite en cientos de testimonios documentados por organizaciones civiles, refugios, centros de atención a víctimas, terapeutas especializadas.

Lo que cambia, caso a caso, son los detalles biográficos. Lo que se mantiene es la estructura.

Lo que las sobrevivientes nos enseñan

Las sobrevivientes son una pieza clave del movimiento feminista por dos razones. Primera, porque su experiencia directa valida políticamente las exigencias estructurales: cuando exigimos refugios con presupuesto, cuando exigimos órdenes de protección que se cumplan, cuando exigimos centros de justicia funcionales, no estamos hablando de abstracciones. Estamos hablando de las herramientas concretas que les permiten —o les niegan— a personas como Ana sobrevivir.

Segunda, porque su presencia pública —incluso cuando es anónima, como en este caso— rompe el silencio social que rodea a la violencia íntima. Mientras la violencia íntima permanezca tabú, mientras las víctimas sean culpabilizadas o invisibilizadas, los agresores tienen ventaja. Cuando hablamos de violencia íntima como problema social y no como secreto familiar, la lógica de la impunidad se debilita.

A diez años: gracias

A diez años del primer Ni Una Menos, esta plataforma agradece a las sobrevivientes que sostienen el movimiento desde sus historias particulares, a veces compartidas, otras veces guardadas. A las colectivas que las acompañan con asesoría, refugio, abrazos. A las redes de cuidado que han salvado vidas que el Estado abandonó.

Y a Ana: gracias por compartir tu palabra. Que tu generosidad sirva para que otra mujer que esté leyendo hoy mismo entienda que no está sola.


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Fuentes:

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